5.10.06

Les petits enfants

Una de ellas para en una esquina a atarse los cordones. Casi se cae, por la velocidad que tomó para agacharse, ¡había que ver como se reía su hermana!. Mientras termina la difícil tarea, su familia le pasa por adelante y ella sigue ahí, agachada, dando un paso más en lo que a crecer se refiere: Dejando de depender de otro que le ate los cordones. Ella ya puede solita.
Termina, corre a su hermana y le salta en la espalda. Se ríen, se persiguen, hasta que la hermana la toma de la mano y van caminando delante de su familia.
Mano en mano, en la noche, ellas dos siendo dueñas de toda la vereda. Pocos transeúntes, pocas caras, poco ruido. Silencio.
Silencio que es quebrado por sus risas, sus juegos, sus pasos.

El sonido de la inocencia. El sonido de la felicidad. ¿Qué será de estas pequeñas cuando crezcan?. ¿Podrán seguir siendo de la misma forma?. ¿Seguirán siendo tan felices?.

En ese momento en que uno cree que ya no hay juegos.
Que ya no hay risas. Que ya no es tan especial una nube, un pajarito anidando en el árbol de casa, un bicho bolita caminando por el jardin. Un cienpies apurado, una lluvia que inunda graciosamente el patio. El perro del vecino, un manojo de globos, un algodón de azúcar dominguero mientras nos hamacamos.

¿O podrán ser de esas personas que aún sentimos por todas esas cosas?.
Que aún nos emociona el sonido del viento, y que aún nos preguntamos cómo es que la naturaleza pudo hacer de algo tan simple; algo tan mágico. Que aún disfrutamos una buena hamaca, un helado, que nos reimos si se nos cae chocolate en la remera. Que disfrutamos de la picardía, de acariciar un perrito en la calle, de buscarle formas graciosas a las manchas de una baldosa.

Inocencia, tierna inocencia. Ojalá no la perdamos nunca. Ojalá nunca dejemos de ser, lo que somos desde el momento en que llegamos a este mundo: seres mágicos, repletos de emociones. Repletos de sorpresas. Vivos.