Siempre fui una persona de mucha gente alrededor. Aparte de que en líneas generales, era una persona feliz que no necesitaba que le recordasen que valía la pena sonreír en cada momento, por si se lo olvidaba.
Últimamente extraño esa sensación de compañerismo, de saber que hay un brazo ahí afuera cerca para rodearme y hacerme olvidar los feos sentimientos. Extraño el compartir charlas con alguien hasta altas horas de la noche, el llorar las penas fuera de mi cuerpo, el abrazo reconfortante que me hace sentir que todo va a estar bien.
Mis amistades menguan y se fueron quedando en el camino, y cada vez me es más difícil volver a abrirme del todo con personas nuevas. Renovarme y confiar mi corazón a otros me duele, y no logro hacerlo.
Cuánto más pasa el tiempo y más grande me vuelvo, más me cierro. Y más me cuesta, y menos gente aparece, y más sola me siento. Y una soledad de estas, de esas que sabés que te va a costar evitarlo, duelen un poco más que las que caen por sorpresa.
Y el año que viene vuelven los cambios, y las pocas personas que había conocido, vuelven a pasar a segundo plano, o tecero... o un plano que no existirá más.
Otra vez los cambios.
Los cambios siguen volviendo, y yo no logro cambiar.
Sigo siendo la misma, la misma alma destruida y descolorida que hace mucho tiempo perdió su eterna sonrisa, y todavía no la recupera.
