Gran soledad invade su habitación, cuando cae la noche. La luna ilumina desde la ventana, y pueden notarse como estatuas de piedra, los adornos y las cosillas con que ella en su afán de transportar su alma a su espacio, ha juntado desde que tiene memoria.
Memoria. Memoria, es la que a veces ella querría no tener para algunas cosas. La memoria que nos lleva a recordar viejos errores. La que lleva a preguntarse "¿Por qué?" cuando ya se sabe la respuesta. La memoria que no puede dejar atrás un pasado que se lleva sobre la espalda como una mochila imposible de quitarse.
Revisando cajones de la pequeña mesita de luz se encuentra con sus viejos diarios. ¡Cuántas historias albergan en sus hojitas de colores!. Cuántos sentimientos, cuántas viejas experiencias, cuánta juventud. Delirios de un corazón en pleno crecimiento, a tientas buscando el camino que la llevaría a la mujer en que se ha convertido, años después.
Se pone los anteojos y se dispone a releer antiguas páginas, intentando volver a todos esos momentos y revivir esas experiencias que la han forjado. Y desde su cómoda silla salen de su mente miles de imágenes que habían estado latentes en su corazón. Los viejos amigos, los viejos amores, las viejas bromas con que tanto se había divertido. Los maestros de colegio y sus enseñanzas, los profesores de la universidad y sus metáforas. Las lágrimas derramadas por muchachos que como piedras la habían hecho tropezar más de una vez... y las risas que brotaban de su corazón cuando sentía esas mariposas en la panza.
Y la luna ilumina todavía desde la ventana, ahora de otro ángulo. Su reflejo se posa ahora en su rostro, dándole un precioso brillo a aquella lágrima que ahora rueda por sus mejillas. Por ese instante en que sus alas vuelven a abrirse para volar a sitios pasados, la soledad abandona el cuarto y el aire se torna más liviano.
Ya no se siente tan solitaria, la mujer de los recuerdos. Con sus diarios sobre la falda, vuelve a sonreír.
