24.7.06

Ojos que arden

Me levanté pensando que estaba todo bien. Me costó despertarme, puse el reloj a las 10am pero mi cuerpo decidió ceder a la responsabilidad recién a eso de las 12 y media.
Entonces empezó la rutina de los últimos días. Sobre mi escritorio se esparcen los apuntes del año pasado, los de este año, el libro de anatomía, el otro libro de anatomía comparada, los atlas, los papelitos pequeños para anotaciones, el otro cuaderno donde hago alguna que otra anotación. Mi mente que retoma donde había dejado, y sigue...
Hasta que en cierto punto, choqué con el vacío.
Sin motivo aparente, sin que sea culpa de nadie. Sin otra explicación más que la locura misma que me caracteriza. Y entonces, de un segundo al otro, caí de nuevo.
La historia se repite.
Y siempre llego a lo mismo. Tengo ganas de dejar todo. Quiero algo distinto. Quiero que las cosas se den de otra forma. Siento que intento y que hago mis esfuerzos pero no consigo nada.
Y siento que es porque no sirvo. Siento que es culpa mía, porque soy inutil, porque no es lo que debería hacer, porque "sarasa".
De nuevo me planteo si estoy en el camino correcto. De nuevo vacilo. De nuevo todo se vuelve gris y sin sentido. Y planeo, planeo qué cambios podría hacer, qué otra cosa seguir, hacia dónde correr.
Decidí salir a dar una vuelta, mitad por propia voluntad y otra mitad porque ella me lo aconsejó. Pobre santa, me escuchó todo mi rollo y se la bancó como una duqueza. Sos un sol, amiga.
En la mitad del camino que decidí hacer, paré para darle un poco de comida a los gatitos del hospital. Y mientras los veía comer, ronronear y agradecerme devorando los granitos que les dejaba...volví a sentir esa sensación de bienestar.
¿Por qué es entonces que siento tanta confusión si toda la vida fué mi sueño ser veterinaria?. ¿Dónde está el error?. ¿Falta de concentración?. ¿Mala suerte?. ¿Rachas?. Creo que es una mezcla de todo.
A la vuelta, mamá estaba en el living, vaya una a saber por qué. Como si supiera que yo ya llegaba. Como si me estuviera esperando, atrás de la cortina. Y me rendí a las lágrimas en el sillón, mientras ella escuchaba lo que yo le decía, intentando comprender. Mitad porque nadie me termina de entender, mitad porque sollozando es difícil entender lo que digo.
Primera vez en mucho tiempo, que me dice lo que quiero y necesito escuchar. Tranquila, sin enojarse, sin gritar, abrazándome sin abrazarme en cada palabra.
Al final es cierto eso que si una no tiene confianza en sí misma en ningún aspecto de la vida, la facultad no va a ser la excepción.
Por tal o cual motivo, siempre me siento inferior. Siempre me siento más pequeña que el resto, menos valiosa, "menos" simplemente. Es algo que arrastro, desde chica, desde la primaria. En la amistad y en las relaciones amorosas siempre con miedo a que el otro me haga daño. En la vida diaria siempre con miedo a que algo malo pase. En la facultad siempre con miedo a que me vaya mal o que me trabe, cuando yo estudié.
Tenés razón, má, cuando decís que todo lo que me pasa, todo lo malo que siento es porque...no me quiero. Es así, es cierto, lo admito y lo sé, de hecho. Lo raro es que estaba empezando a sentirme muy bien últimamente.
Quizá es que llegando la fecha del examen, me volvió a agarrar el ataque, y otra vez todo para atrás.
Después de las charlas, las caminatas, el llanto, y escribir esto espero no perder esta intención de dejar de sentirme algo que no soy. Dejar de sentirme tan inferior. Dejar de no confiar en mí, cuando sé que hay gente que lo hace.
No tengo que ser tan tonta. Al fin y al cabo, estoy donde quiero estar. Y ahí ella me dijo otra cosa:
"Sea hoy, mañana, o pasado, vas a avanzar bien. No importa cuántas veces lo intentes, no importa cuántas veces falles. Sino, que no te rindas, y que sigas adelante. Porque sé y sabés que esto es lo que querés".

Gracias. Catarsis, tranquilidad y fuerza. Y más ahora que sé que estás conmigo en esto.
A veces unas simples palabras departe de la persona de la que las esperaste tanto tiempo, pueden remendar miles de heridas en un segundo.
Y el alma vuelve al cuerpo.
Y mañana los apuntes y los libros se van a esparcir de nuevo, ocupando el escritorio, la cama, y a veces también el piso.
Con esta gran sonrisa puesta.